Conceptos de divorcios

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El péndulo del derecho al divorcio en España

Así que ya no son dos, sino uno solo. Por lo tanto, lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre

Historia del divorcio en España

No será hasta el año 1932, con la llegada de la efímera Segunda República Española, cuando en nuestro país una ley de las Cortes autorice el divorcio que había sido prohibido setecientos años antes en la Partida Cuarta (referente al derecho de familia) de las Siete Partidas de Alfonso X el Sabio. Pero como bien recordaremos, con el estallido de la Guerra Civil Española en julio de 1936 y la victoria del Bando sublevado en abril de 1939, esta Ley del divorcio de 1932 será abolida. Se prohibirá así el divorcio durante todo el régimen de Franco, hasta que en 1981 surja de nuevo el derecho a divorciarse para las parejas, que se mantendrá y perfeccionará hasta nuestros días.

Seis siglos antes de las Siete Partidas, el Rey visigodo Recesvinto promulgaba un cuerpo legal, conocido como el Líber Iudiciorum, donde autorizaba levemente el divorcio para casos extremos como era la sodomía del marido y la prostitución o adulterio de la mujer. Con la llegada de los musulmanes a la Península Ibérica, empezó por cambiar la situación matrimonial al aceptar la poligamia como forma de unión plural. El Corán aceptaba a regañadientes la ruptura matrimonial: "De todas las cosas que están permitidas, la que más disgusta a Dios es el divorcio". Esta Ley islámica de carácter religioso trata proteger el matrimonio como forma organizada para la convivencia y así instan a sus fieles a alejarse del divorcio. No obstante, en la práctica, se mantuvo cierto grado de permisividad hacia las desuniones a través del “talaq” cuando lo solicitaba el marido; y el “jul” cuando lo solicitaba la mujer, ambos para el divorcio religioso. Cuando los musulmanes solicitaban el divorcio judicial se denominaba “tafriq”.

Profundamente enfrentado a la religión de Mahoma nos encontramos al Cristianismo. Pues bien, quizás sea éste el poder religioso más prohibitivo con el divorcio que haya existido jamás. Según establece la Biblia, para Dios el matrimonio debe ser un enlace que dure toda la vida, y es consecuentemente indisoluble. Así mismo, San Mateo escribió: "Así que ya no son dos, sino uno solo. Por lo tanto, lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre". El cristianismo se expandió por todas las provincias del Imperio Romano, también por Hispania, donde el divorcio no sólo estuvo muy extendido, sino tremendamente simplificado: bastaba que el marido devolviera a la mujer (y de paso la dote) a su casa paterna.

De manera que podemos observar como existe un continuo ir y venir de este derecho a lo largo de la historia íntimamente ligado al autoritarismo gubernamental o religioso que se ha desarrollado en la Península Ibérica. Cuanto mayor grado de control han ejercido los dirigentes sobre sus ciudadanos, más grande ha sido el recorte de derechos y consecuentemente menos han podido decidir respecto a la regulación de sus situaciones. En la actualidad, la propia Iglesia Católica continúa defendiendo la indisolubilidad del matrimonio. Hasta el punto en que hoy en día los dos únicos países que no autorizan a sus residentes a divorciarse son la Ciudad del Vaticano y Filipinas, un país insular estrechamente ligado al catolicismo.

No cabe duda de que la necesidad de separarse para una pareja que se encuentra unida contra su voluntad existe. Que esta situación se traduzca en un trámite más o menos complejo escapa al alcance inmediato de la pareja, muchas veces a pesar de la conformidad de ambos en disolver su unión. En España, en la actualidad, hemos avanzado aún más haciendo evolucionar la Ley del divorcio de 1981 hacia una nueva Ley de divorcio aprobada en el año 2005. Es entonces cuando los requisitos para proceder a extinguir el vínculo matrimonial se agilizaron y se consiguió, prácticamente, dar la misma rapidez a la decisión de divorciarse como lo tiene la opción de casarse. Eso sí, para que sea tan rápido y sencillo es necesario un único requisito que también existió cuando la pareja optó por unirse: el mutuo acuerdo de los cónyuges. Por este motivo, cuando no hay consentimiento por ambas partes en disolver el matrimonio, bien sea por desacuerdos patrimoniales o sobre la filiación común, se retrasan estas facilidades que por fin nos brindaba el ordenamiento jurídico. Aparece así un procedimiento más engorroso para los cónyuges, que parece atrasar la evolución que ha tenido la figura jurídica del divorcio, volviendo a aquel tiempo atrás, pero esta vez no es causa del poder político o religioso. Sucede en cualquier relación social o jurídica conflictiva (partición de una herencia, uso compartido de una vivienda, etc.). Siempre es más fácil solucionar un problema entre partes si hay acuerdo entre ambas, que si se mantienen enfrentadas. 

Manuel Rodríguez-Marín Pujol
Abogado matrimonialista
Mediador familiar en Madrid

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